martes, agosto 14, 2007

10 de mayo de 1939



Esa es la fecha en la que el barco Siboney llega al puerto de Veracruz, México, procedente de Nueva York. El viaje había comenzado en el puerto de Le Havre, Francia, donde mi familia abordó el buque Champlain con destino a Nueva York. La Guerra Civil Española -y la amenza nazi sobre París- obligaron a Don Antonio de la Serna Pozzi, a su esposa Conchita Jauregui Lapitz y a sus dos hijas, Conchita y Maricarmen, a emigrar junto con miles de personas hacia tierras desconocidas, pero que ofrecián la anhelada esperanza de vivir en paz.



lunes, agosto 13, 2007

Hondarribia



La historia de mi familia materna encuentra sus raíces en lo que a principios del siglo XX todavía era un pequeño pueblo de pescadores. Fuenterrabia (como se le llamaba antes de recuperar su nombre en euskera) se localiza en el País Vasco, al norte de España, en la desembocadura del Río Bidasoa, en la frontera con Francia.



Recuerdo a mi abuela decir con nostalgia que desde Fuenterrabia se veía claramente la costa francesa, mientras mi abuelo me mostraba las vistas de Hendaya, Irún y Fuenterrabia a través de las pinturas de Gaspar Montes que colgaban en las paredes de su casa en la ciudad de México.

En el verano de 2005, fecha en que realicé mi primer viaje a Europa, pude conocer finalmente la tierra que vio nacer a mi madre y a toda una dinastía que, según mis primeros registros,va más allá del siglo XVII y que seguramente se remonta a la era medieval.




Creo que el 8 de septiembre de 2005 ha sido uno de los días más especiales de mi vida. Fue cuando estuve por primera vez en Hondarribia. El destino quiso que la ciudad me recibiera como mejor podía: con las fiestas del Alarde. Eran aproximadamente las 5 de la tarde cuando llegamos desde San Sebastián, Mari Pili, Federico y yo. Llegamos a la glorieta principal que se localiza a la entrada de la ciudad, toda la gente estaba vestida de fiesta, con pantalones y camisas blancas, sacos azul marino y boinas rojas, y desde las ventanas y balcones colgaban cientos de ikurriñas (así se le conoce a la bandera de Euskadi). Mi emoción no podía ser mayor, pensaba en mi familia, pensaba en cómo habrían festejado mis abuelos el alarde y pensaba, sobre todo, en toda la historia familiar que latía en esas calles empedradas...